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Desde Atelia (Introducción)

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"Se le llama escribir, Karon, deberías probarlo alguna vez." Dominic levantó la vista de su mesa de estudio para ver a un hombre alto y desgarbado con una sonrisa desdentada devolviéndole la mirada.

"Eh, Capitán, he escribío un par de cosas en mis tiempos," Karon hizo una pausa para frotarse su mentón desaliñado, "pero no había visto antes ná paresío a sus escritos, ni un libro como ése."

Dominic hundió la pluma de nuevo en el tintero. "Si olvidamos nuestro pasado, entonces no tendremos futuro."

Karon arrugó su cicatrizada nariz. El hombre —medio loco, medio genio— había demostrado ser valiosísimo en la lucha, pero pedirle que comprendiera cualquier cosa remotamente intelectual era un poco como sacar sangre de una piedra. "Mu bien, Capitán. Entonses sus dejo."

Empero, Karon se mantuvo en el marco de la puerta, siendo obvia la confusión en sus erosionados rasgos.

Dominic gesticuló hacia el paquete aferrado en las manos de Karon, "¿Es para mí?"

"¡Oh! ¡Ajá, Capitán, lo es! Torr me dijo que sus lo diese a usté."

Dominic cogió los enrollados papeles pergamino, los puso junto a una pila de mapas, y aceptó su saludo. Tras cerrarse totalmente la puerta de su cuarto, tomó otra larga calada de su pipa, deleitándose por un momento en la hurtada marca de carísimo tabaco, y luego volvió a su diario. Ni siquiera él mismo sabía por qué sintió de repente la necesidad de plasmar los eventos que le habían llevado a tanta dolorosa tristeza. Para él era un aniversario —la muerte de sus amadas esposa e hija— pero este mismo día llegaba cada año. De algún modo, éste parecía distinto.

Tengo una historia que contarte…

El mundo ha cambiado. Han pasado quince largos años desde el comienzo de la devastadora guerra que consumió una generación y desoló la tierra de las tribus Atelianas. Cualquiera es un blanco potencial. Todo es libre de tomarse, mientras tengas la voluntad de arriesgar tu vida para cogerlo.

A diferencia de las novelas que leía de chico, o las historias que oyó contar a su padre y su abuelo, esta guerra —esta historia— no tenía héroes o villanos claros. El propio Dominic, aunque luchó inicialmente con los Confederados, era medio Kathosiano por sangre de madre, Confederado por la de su padre, y para liarlo todo más se había casado con una bella chica urbanita Ateliana de Solav.

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Fui una vez un Teniente de las Fuerzas Aéreas para la Confederación de Nallum; ansioso y lleno de las cosas de las que hablan con ligereza los hombres jóvenes —honor, esperanza, valentía—, aunque debo admitir que no compartía el fervor religioso de mis compañeros oficiales confederados. Todos estábamos impregnados con vigor juvenil en esa bella mañana, cuando alrededor de un diez por ciento de nosotros recibimos la noticia de que una flota de Aeronaves Rahmosianas estaban avanzando hacia Atelia desde el Norte. Nuestros líderes, creyendo que las pobremente organizadas tribus Atelianas se derrumbarían en cuestión de días, afirmaron que no tenían más elección que invadir Atelia desde el Sur, no fuera que las fuerzas ateístas Kanthosianas invadieran Atelia y la convirtieran en otro impío estado vasallo del Protectorado de Rahmos.

Ya ves, años antes —mucho antes de que naciera— las fuerzas de Rahmos habían invadido Kathos en una época en la que Kathos estaba débil a causa de generaciones de guerra civil. Al no tener un gobierno central, el viejo dicho de “unidos prevaleceremos, divididos caeremos” se aplica demasiado bien al destino de Kathos. La dividida Kathos demostró ser presa fácil. La invasora Rahmos halló una mínima resistencia en el debilitado y alejado liderazgo de Kathos. La verdad sea dicha, muchos de los Nobles de Kathos, en ambos bandos, vieron a Rahmos más como salvador que como invasor opresor. Lo que quedó de la fracturada familia Real de Kathos fue encarcelada y los leales a ella fueron ejecutados o, con suerte, empujados a pedir asilo en países vecinos. Los nobles que eligieron quedarse en Kathos fueron obligados a jurar lealtad y someterse a Rahmos.

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Los abundantes recursos de Atelia en manos Rahmosianas alterarían el delicado equilibrio mantenido en las mareas de la guerra en los 80 años anteriores. El ejército Confederado estaba convencido de que esos mismos recursos serían nuestros si invadíamos mientras los Atelianos se estaban enfrentando en otro lugar. Estábamos mejor preparados, mejor entrenados —la victoria era inevitable.

Aun así, la respuesta de las tribus Atelianas a la invasión resultó ser sorprendentemente contundente. Los líderes tribales montañeses dejaron a un lado sus enemistades de sangre. Fieros montañeses se mantuvieron hombro con hombro junto a sus hermanos más refinados de las llanuras, los Atelianos se unieron asombrosamente en un efectivo grupo con la finalidad común de proteger lo que era suyo. Apelaron al orgullo étnico profundamente arraigado en su cultura, y llamaron a filas a todos los Atelianos para alzarse en la defensa de su tierra natal, para luchar como uno solo, sin tomar prisioneros. Fue una guerra atroz, sanguinaria; los Atelianos no dieron cuartel. Los invasores tenían mejores armas, pero los Atelianos tenían la ventaja de un fiero espíritu intransigente y de conocer su montañoso terreno. La fuerza de su resistencia, comprada con sangre y nacida a costa de un tercio del territorio de Atelia, inflingió grandes pérdidas a ambos ejércitos invasores, acabando finalmente con la invasión. Los anteriormente hermosos campos y las villas norteñas Atelianas fueron reducidos a un paisaje calcinado, irreconocible; a las tierras sureñas les fue mejor, pero los estragos de la guerra fueron innegables. Hordas de refugiados no tuvieron más elección que volver al lugar del que llegaron sus ancestros —los valles y montañas del interior Ateliano.

En la repentina quietud del derramamiento de sangre enraizaron las semillas del caos. La tenaz resistencia de las tribus Atelianas ante los invasores norteños inflamó las tensiones entre los Kathosianos y nuestras fuerzas en Nallum. El liderazgo de los Rahmosianos, enfurecido con los resultados de su campaña, estaba especialmente disgustado por la magra cantidad de territorio Ateliano ganado, comparado con el adquirido por los Confederados. En respuesta a la creciente discordia, y sintiendo una posible debilidad en la anteriormente sólida presencia militar Rahmosiana en Kathos, se ordenó a nuestros Generales que calladamente aumentaran las fuerzas a lo largo de la considerable extensión de la frontera Confederada/Kathosiana. Retrospectivamente, es sencillo ver ahora que bajo el conflicto en gestación se hallaba el rabioso núcleo candente del choque cataclísmico entre los creyentes Confederados y los ateos de Rahmos.

Como la guerra con Atelia había terminado, no parecía peligroso enviar a mi hermosa esposa Amara y a nuestra preciosa hija Delia junto a la familia de mi esposa, a la bien fortificada capital Ateliana, Solav, que se hallaba prácticamente intacta. Iban a quedarse allí, a salvo, hasta que las tensiones se aplacaran.

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El destino tenía otros planes. Un crucero de batalla 'desertor 'Confederado, en un intento de exprimir un tributo de los oficiales de la capital, hizo estallar un edificio completo de Solav para mostrarnos las consecuencias de la desobediencia. Amara y Amelia estaban dentro de esa casa, probablemente disfrutando un pacífico desayuno, cuando la estrepitosa vibración de una cañonazo aéreo anunció su condena. Al día siguiente me llegaron las noticias de las horribles muertes de mis niñas a manos de mis hermanos Confederados. Estaba paralizado de dolor. Las horas, semanas y meses subsiguientes fueron borrosos, pero mientras el tiempo pasaba, la realidad de mi situación se aposentó y mis lealtades comenzaron a contaminarse. Eventualmente mis superiores me trataron como algo roto, y puede que por una buena razón, pues todos los que estaban a mi alrededor llegaron a cuestionar mi juicio, y a veces... incluso mi cordura. Fue una elección sencilla hacerme desertor.

Los diplomáticos Confederados y Rahmosianos siguieron intentando gestionar civilizadamente la amenaza creciente, pero fue imposible superar la desconfianza inherente, agriada por los mensajes enviados por espías de la inteligencia Rahmosiana enfatizando el creciente tamaño de la armada Confederada. Esos comunicados sólo servían para alimentar el fuego. Reconociendo finalmente la seriedad de la amenaza, el liderazgo Rahmosiano mandó a los Administradores Regionales del Protectorado en Kathos dar órdenes para el despliegue masivo de las Fuerzas de Seguridad Interna del Protectorado en el área fronteriza sur. Lo que sobrevino fue el caos.

Incluso los masivos ejércitos Confederado y de Rahmos no fueron rivales contra la interminable frontera serpenteante entre los dos Titanes. Sin importar el inmenso número de tropas que ocupaba la zona fronteriza, la concentración de hombres tendía a ser escasa en cualquier área concreta. Mientras tanto, las Fuerzas de Seguridad Interna del Protectorado ya no patrullaba amplias áreas de Kathos.

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Los Nobles Kathosianos no pasaron esto por alto, al estar tremendamente gravados y obligados a vender al Protectorado cualquier cosa que producían por una fracción de su valor. Mientras la mayoría eran ricos en tierras pero pobres de dinero, algunos de los Nobles más atrevidos políticamente fueron capaces de aumentar su riqueza, especialmente los que habían logrado retener el control de sus pequeños pero rentables territorios allende del mar. El resto, abrumados con el coste de la fallida invasión Ateliana, las implacables demandas tributarias de Rahmos, y la constante presencia de los recaudadores de impuestos del Protectorado, sucumbió al atractivo del comercio en el mercado negro, y a veces, a algo mucho peor.

Sin fuerza efectiva para implementar los edictos del Protectorado, junto a la apropiada aparición obediente de las actividades exteriores de los Nobles y el conflicto fronterizo creciente en el sur, los administradores del Protectorado fueron obligados a ignorar todos los abusos, exceptuando los más flagrantes. Pronto, lo que comenzó como un comercio de mercado negro, se transformó rápidamente en piratería rampante, que abarcaba ampliamente desde contrabandos y bloqueos de rutas de abastecimiento, a otras oportunidades de saqueo más violentas y a mayor escala. Cualquiera que fuera su motivación, hombres sin lealtades se congregaban en la región fronteriza. Hombres como yo.

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Con el tiempo, las provincias sureñas del Protectorado se convirtieron en tierras baldías sin ley, pues las milicias cada vez más sobrias de los Nobles fueron lentamente superadas por unos entrometidos totalmente insospechados — los Capitanes Merodeadores independientes.

Los Merodeadores, cual piratas en el cielo, viajan en grandes aeronaves tripuladas por veteranos de diversas etnias y endurecidos en combate (tales como los nuestros), convictos, lunáticos, corsarios y un puñado de damas muy atrevidas; nuestro interés común — saquear. Discriminando sólo a quienes no merecía la pena robar, estábamos entonces (y lo seguimos estando) encantados de saquearnos unos a otros, asi como saquear las instalaciones y los trenes de suministros Confederados o los del Protectorado. Entre esos ciudadanos desplazados hallé consuelo. Encontré formas de quitarles cosas a quienes quitaron las vidas a las únicas personas en el mundo que me importaban. Un día, lograré la venganza. Un día, les quitaré la vida a los responsables de mi pérdida.

Pero, volvamos a la historia…

Mientras tanto, al proncipio los Nobles Kathosianos fueron cuidadosos de no desafiar directamente la autoridad Rahmosiana, pero pasado el tiempo y crecidas las filas de Capitanes Merodeadores, las tensiones entre ambos aumentaron. Incluso hoy día, mientras que los Rahmosianos siguen preocupados con la acumulación de tropas Confederadas y los Nobles Kathosianos suplen formalmente sus necesidades miliatares, los administradores del Protectorado toleran los comercios en su zona.

La situación en Kathos, especialmente en el área fronteriza por debajo de Torun, se deteriora constantemente, pues grupos cada vez mayores de bellacos y refugiados son atraídos a la atmósfera del "todo vale". Agrava más la situación el aparente suministro sin fin de aeronaves recuperadas y pirateadas, liberadas de las fuerzas Rahmosianas y Confederadas en el transcurso de la invasión Ateliana.

Dominic depositó su pluma y se frotó los dedos manchados de tinta. Las corrientes de aire de gran altitud mecían el buque, provocando crujidos y quejidos en su esqueleto metálico. Cogió su pipa.

Cualquiera es un blanco potencial. Todo es libre de tomarse, mientras tengas la voluntad de arriesgar tu vida para cogerlo.

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